El símbolo de la colmena o el panal de abejas siempre ha llamado poderosamente mi atención. En algunas oportunidades llegué a leer sobre él en referencias de otros ritos, pero al buscarlo en nuestro sistema de lecturas y rituales, no obtuve resultados explícitos. Es una de esas paradojas que guardan nuestras tradiciones: desde que soy Maestro Masón lo he llevado de forma implícita en mi cuello, justo en el collar de mi cargo, y no lo sabía. Este símbolo, presente en el collar que portamos los maestros con algún cargo en la logia, actúa como un puente entre la función individual y el cuerpo colectivo, ubicándose por encima de la joya del cargo que se aprecia como un domo decorativo, pero en esencia guarda el propósito de recordarnos que la Logia es, ante todo, una unidad de trabajo.
La colmena representa la laboriosidad, la disciplina, la cohesión y la constancia en el trabajo colectivo para satisfacer un bien común. El panal está ubicado en nuestro collar aludiendo a un lenguaje alegórico fundamental: Panal-Logia; Joya-Cargo. Podemos especular mucho sobre este símbolo desde la forma en cómo están organizadas las abejas —reina, obreras y zánganas— hasta su representación de la sociedad actual.
La Abeja Reina, por ejemplo, actúa como el principio de orden; representa la unidad y la fuente de vida de la logia. Sin reina, la colmena se dispersa; del mismo modo, sin un principio rector o una dirección clara, la Logia perdería su cohesión. En la masonería, esta figura no es una persona, sino la "Luz" o la Verdad que emana del oriente. Su presencia regula la armonía del grupo, recordándonos que la autoridad es, ante todo, un servicio a la estabilidad del conjunto.
Por su parte, las abejas obreras son el motor del panal y representan la fuerza de la laboriosidad inherente al masón. Son las encargadas de recolectar el néctar del conocimiento para transformarlo en la miel de la sabiduría, construyendo celdas hexagonales con una precisión asombrosa. Aquí la geometría cobra un papel protagonista: el hexágono es la forma perfecta de la naturaleza, permitiendo el mayor almacenamiento con el menor gasto de material. Esta abnegación refleja al hermano que trabaja para el futuro, construyendo una obra que le trasciende. Las obreras nos enseñan que el conocimiento no es para consumo individual, sino para ser procesado y compartido en el depósito común de la Logia.
Finalmente, los zánganos nos enseñan sobre el sacrificio y la función necesaria. Aunque su papel es breve, es vital para la perpetuación de la vida. Nos recuerdan que en el trabajo de perfeccionamiento, hay impulsos o aspectos del ego que deben ser transmutados o sacrificados para que la armonía del panal no se vea comprometida. La colmena funciona porque cada elemento conoce su lugar y su momento, recordándonos que en el taller no hay tareas pequeñas, sino funciones complementarias.
Veamos la Logia como esa colmena y la miel que podemos obtener con el hecho de destinar los esfuerzos con verdadero sentido de pertenencia. Al estar el panal situado por encima de nuestra joya de cargo, se nos recuerda que el trabajo colectivo está por encima del brillo individual. La miel no es un salario material, sino el resultado de la energía compartida —el egrégor— en una Logia que trabaja en unión. Es el único alimento que no se corrompe con el tiempo, simbolizando la sabiduría eterna que el masón destila a través de sus buenas obras. Portar este símbolo es aceptar que nuestra labor solo tiene sentido si contribuye a la dulzura de la fraternidad y a la solidez de la estructura que nos cobija a todos.