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Martes, 20 de enero de 2026

Del Tallado de la Piedra Bruta al Pulido de Lentes de Baruch Spinoza

Bro. Héctor Jiménez Socorro
Martes, 20 de enero de 2026

Del Tallado de la Piedra Bruta al Pulido de Lentes de Baruch Spinoza

La Búsqueda de la Verdad entre la Escuadra y la Razón


Por: Bro. Héctor Jiménez Socorro

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Spinoza nunca fue masón, pero su vida y su pensamiento parecen resonar en los símbolos de la Orden como si hubiesen nacido del mismo espíritu. En el silencio de su taller de Ámsterdam, mientras pulía lentes con la paciencia de un artesano, el filósofo excomulgado se atrevía a imaginar un universo regido por leyes racionales, donde Dios no era un juez externo ni un monarca caprichoso, sino la sustancia infinita que sostiene todo lo que existe. Décadas más tarde, la Masonería hablaría del Gran Arquitecto del Universo, un símbolo que permite a hombres de distintas creencias reunirse bajo una misma bóveda celeste. Ambos caminos, aunque distintos en origen, se encuentran en la misma intuición: lo divino no es antropomórfico, sino orden, razón y naturaleza.

La vida de Spinoza estuvo marcada por la soledad y la persecución. En 1656, la comunidad judía de Ámsterdam lo expulsó con un cherem tan severo que parecía querer borrar su existencia. Su crimen fue cuestionar la autoría divina de la Biblia y proponer que Dios no era un ente personal, sino la estructura misma de la realidad. Aceptó el destierro con serenidad y se dedicó a pulir lentes, oficio humilde que requería precisión geométrica, mientras escribía en secreto su obra cumbre, la Ética. Esa imagen del filósofo trabajando en silencio, tallando cristales para que otros pudieran ver mejor, es casi una metáfora masónica: el hombre que pule la piedra bruta de la mente hasta convertirla en piedra pulida.

La Masonería, por su parte, también conoció la condena. En 1738, el Papa Clemente XII promulgó la bula In eminenti apostolatus specula, la primera de muchas que acusaban a la Orden de secreto, naturalismo y ecumenismo. Los masones respondieron como Spinoza: con silencio y trabajo. Desarrollaron sus símbolos y rituales no por gusto por el misterio, sino como medida de supervivencia frente a la intolerancia. Cuando la palabra está prohibida, la verdad se refugia en el símbolo y en la acción ética. El filósofo y la Orden entendieron que la resistencia no se hace con gritos, sino con la constancia de la obra.

La obra de Spinoza, escrita con el método geométrico, se asemeja a un templo intelectual. Definiciones, axiomas y demostraciones se encadenan como piedras cuidadosamente talladas. La Masonería utiliza la escuadra y el compás para recordarse que la vida también se construye con rectitud y medida. En ambos casos, la geometría deja de ser un ejercicio abstracto y se convierte en ética. La libertad no se improvisa: se talla con disciplina, estudio y trabajo constante, como el cincel que transforma la piedra bruta en piedra pulida. Spinoza hablaba de la esclavitud de las pasiones, de cómo el ser humano vive atrapado en afectos y prejuicios hasta que la razón lo libera. La Masonería lo simboliza en el paso de la piedra bruta a la piedra pulida. La primera representa la ignorancia y el fanatismo; la segunda, el fruto del esfuerzo intelectual y moral. La libertad de pensamiento no es simplemente decir lo que se quiere, sino actuar conforme a la necesidad de la razón. En eso coinciden el filósofo y la Orden: la verdadera emancipación es interior, y se conquista con paciencia y perseverancia.

Hoy, esas condenas se leen como testimonios de una época que temía a la razón. El exilio de Spinoza y la clandestinidad masónica fueron laboratorios de la modernidad. Ambos nos enseñan que nadie puede ser expulsado de la Verdad, porque quien comprende que es parte de la sustancia infinita o que es piedra viva en el templo de la humanidad ya habita en ella. La mayor venganza contra la intolerancia no fue el odio, sino la permanencia. Las hogueras se apagaron, pero el templo de la razón sigue en pie.

En nuestro tiempo, cuando el dogmatismo adopta nuevas formas —políticas, mediáticas, tecnológicas—, volver a Spinoza y a la Masonería es recordar que la libertad de conciencia sigue siendo un desafío. El filósofo nos invita a pensar que la alegría es virtud porque aumenta nuestra potencia de actuar, mientras que la tristeza la disminuye. La Masonería, en su fraternidad, busca precisamente esa alegría compartida que construye humanidad. Ambos nos recuerdan que la verdad no se posee, se construye. Que el trabajo silencioso, paciente y constante es más poderoso que cualquier anatema. Que la razón, cuando se ejercita con disciplina, es capaz de vencer al prejuicio.

Cada vez que un masón nivela su trabajo o un lector se sumerge en la Ética, se repite el mismo milagro: la oscuridad retrocede ante la luz de la inteligencia. Spinoza y la Masonería nos recuerdan que no somos esclavos de un destino caprichoso, sino arquitectos de nuestra propia libertad. Esa es la verdadera obra maestra: tallar la mente humana con paciencia, con alegría y con fraternidad. Y en ese gesto silencioso, que une el pensamiento con la acción, se revela la alianza más profunda entre el filósofo excomulgado y la Orden perseguida: ambos supieron que la verdad no se posee, se construye.

"Al final, comprendemos que el universo no es un agregado de partes, sino un todo unificado donde cada piedra y cada idea respiran bajo la misma sustancia infinita.”