Dentro de las tradiciones iniciáticas y, de manera muy particular, en la estructura simbólica de la Francmasonería, existe una tendencia a utilizar ciertos términos como si fueran intercambiables. Sin embargo, cuando se presta atención al peso específico de las palabras, descubrimos que Caballero Profano, Candidato, Aspirante y Neófito no son sinónimos, son peldaños de una escalera que va en ascenso en la primera fase del inicio de la carrera masónica. Cada uno de ellos describe una posición, una actitud y un nivel de conciencia diferente en el viaje que lleva desde la oscuridad exterior hasta la luz interior.
El primero de los estados es el “Caballero Profano”. Aunque, la palabra profano suele cargarse erróneamente de un matiz peyorativo, etimológicamente proviene del latín pro fanum, es decir, "delante del templo" o "fuera del recinto sagrado". El Caballero Profano es, simplemente, aquel que aún no ha tenido la experiencia de lo sagrado pero que siente que hay “algo” más allá de lo que conoce. Es el hombre que vive en el mundo material, gobernado por sus sentidos y por las convenciones sociales pero que comienza a sentir la curiosidad de “saber más” o de comenzar a conocerse, sin haber sentido necesariamente ninguna “llamada” a lo trascendente.
En un sentido simbólico, el Caballero Profano es la piedra en bruto en la cantera, ni mala ni buena, una piedra intacta; con todo su potencial sin explotar al igual que con sus aristas y asperezas naturales.
Sin embargo, el Postulante (quien llama a la puerta), derivado del latín postulare (pedir, solicitar), es el Caballero Profano que ha “despertado” y deja de ser un hombre común que vive de espaldas al templo para convertirse en aquel que, sintiendo una inquietud, se acerca, por su propia voluntad, al templo y “toca la puerta”. Su acción es la de la voluntad en ciernes. Ha dado el primer paso, pero aún no ha sido objeto de ningún veredicto. Representa la esperanza y la expectación, tal como el que postula a estudiar una carrera universitaria sin saber aún si será admitido o si tendrá siquiera aptitudes para estudiarla.
Por otro lado, el Candidato es la consecuencia formal de la petición del Postulante. Como bien señala su origen latino (candidatus, de candidus, blanco), es aquel que ha sido considerado digno de vestir la toga blanca; en otras palabras, pasa de ser el que pide desde fuera a convertirse en el que ha sido recibido debidamente, para comenzar los trámites y las pruebas previas al ingreso.
Si el Postulante es el acto de “tocar puerta”, el Candidato es el estado de quien espera al otro lado de la puerta. En esta fase, el individuo es pura potencialidad, la semilla seleccionada para ser plantada, pero que aún no ha comenzado su proceso de siembra. Está en un estado de pasividad activa: ha hecho todo lo que podía hacer y ahora aguarda la acción de lo sagrado sobre él.
Llegamos ahora al Aspirante, un término de una belleza y profundidad singulares. Su raíz latina, aspirare, nos habla de "respirar hacia" algo. Es el que anhela con tal fuerza que su propio aliento se dirige al objeto de su deseo. En el contexto iniciático, el Aspirante es el que ya está en movimiento, es decir, está ya inmerso en las pruebas, recorriendo los pasillos del laberinto, enfrentando sus miedos y prejuicios.
Finalmente, el viaje culmina en el Neófito, palabra de origen griego (neóphytos) que significa "recién plantado". Este es el momento del nacimiento. El Aspirante, tras su viaje, muere simbólicamente como hombre viejo y renace a una nueva vida. Ha visto la luz, ha recibido la instrucción primordial.
El Neófito es un "recién nacido" en un nuevo mundo. Es frágil, vulnerable y sus ojos duelen con la intensidad de la luz recién descubierta. El neófito debe luchar contra sus ideas preconcebidas, contra su sistema de creencias y comenzar a asimilar la luz como parte de su vida y ponerla de bandera ante su pensamiento y moral.
Así, estos cinco estadios dibujan la cartografía del espíritu humano en su viaje hacia la conciencia. El Profano vive en la posibilidad; el Postulante, en la voluntad; el Candidato, en la promesa; el Aspirante, en la acción y el sacrificio; y el Neófito, en el don de un nuevo comienzo.
Como se indicó, no son sinónimos sino pasos en la escalera de ascensión al conocimiento, hacia la iniciación que, de por sí, es un proceso continuo de muerte y renacimiento, donde el final de una etapa es siempre el umbral de la siguiente. Del fuera del templo al recién plantado en su jardín interior, el viaje es, en esencia, el arte de nacer a la verdad.