La irrupción de la inteligencia artificial conversacional, representada por herramientas como ChatGPT, está transformando silenciosamente la manera en que muchos masones se acercan a la redacción de sus planchas. Hasta hace muy poco, elaborar una plancha implicaba un proceso lineal: lectura de algunas obras, toma de notas, reflexión personal y, finalmente, la escritura paciente del texto. Hoy, en cambio, muchos hermanos se encuentran con la posibilidad de dialogar con una máquina que propone ideas, estructura argumentos, corrige el estilo y hasta sugiere bibliografía o enfoques posibles. Esta nueva realidad abre oportunidades interesantes, pero también plantea interrogantes profundos sobre la autenticidad del trabajo iniciático.
Desde un punto de vista práctico, el impacto positivo es evidente. Un masón que prepara su plancha puede solicitar ayuda para aclarar conceptos históricos, ordenar un esquema de exposición o encontrar distintas perspectivas sobre un mismo símbolo. La inteligencia artificial es capaz de resumir textos extensos, proporcionar definiciones claras y comparar corrientes de pensamiento de manera rápida y organizada. Esto ahorra tiempo, ensancha el horizonte intelectual y permite que la plancha se nutra de referencias que, de otro modo, tal vez habrían quedado fuera del alcance del autor. En ese sentido, la IA actúa como un asistente de investigación y de redacción, una especie de “secretario invisible” que facilita el acceso a materiales y mejora la forma sin sustituir, necesariamente, el fondo.
Sin embargo, el problema comienza cuando la facilidad se convierte en atajo. Así como en el mundo profano algunos estudiantes usan la IA para que “les haga el trabajo”, también en la masonería existe la tentación de delegar en la máquina lo que, en realidad, debería ser un esfuerzo personal. Una plancha puede lucir impecable en su redacción, bien estructurada, con citas y referencias que impactan, y sin embargo estar casi completamente vacía de experiencia interior propia. El riesgo es que el hermano presente ante la logia un trabajo que no es verdaderamente suyo, sino el resultado de una sucesión de preguntas hechas a una herramienta que ensambla el texto. El taller recibe entonces una pieza pulida externamente, pero el obrero no ha tocado realmente su piedra.
Este fenómeno afecta de lleno el sentido iniciático de la redacción de planchas. Escribir no es solo poner ideas en papel; es un ejercicio de autoconocimiento, de confrontación con el símbolo, de duda, de búsqueda. En la tradición masónica, la plancha es, al mismo tiempo, un acto de comunicación y un ritual íntimo de reflexión. Cuando esa vivencia se delega, aunque sea parcialmente, a una máquina, la columna de la forma puede quedar intacta, pero la columna del fondo se agrieta. El hermano puede creer que avanza porque produce más textos y con mayor corrección formal, pero, en realidad, sus herramientas interiores —atención, sensibilidad simbólica, capacidad crítica— pueden quedar subdesarrolladas.
No se trata, por ello, de condenar la inteligencia artificial, sino de aprender a integrarla de manera ética y consciente. Usarla como apoyo para mejorar la gramática, para encontrar nuevas fuentes o para ensayar diferentes estructuras de exposición puede ser legítimo, siempre que el núcleo del trabajo —la reflexión, la elección de ideas, la toma de posición— siga siendo personal. Una cosa es pedir sugerencias para ordenar un texto, y otra muy distinta es pedir que se escriba la plancha de principio a fin. La frontera entre acompañar el proceso y reemplazarlo es sutil, pero desde el punto de vista masónico es esencial.
Esta nueva situación también obliga a las logias a repensar la pedagogía de las planchas. Tradicionalmente, el énfasis se ponía en animar al aprendiz o al compañero a superar el miedo a la hoja en blanco, a confiar en su propia voz, por más rudimentaria que fuera. Ahora, quizás haya que añadir una instrucción más: aprender a declarar honestamente el uso de herramientas externas, a distinguir entre lo que la máquina sugiere y lo que el hermano decide hacer suyo, y a valorar más el proceso de elaboración que el brillo literario del resultado final. Tal vez una plancha imperfecta pero auténtica aporte más al crecimiento del taller que una pieza impecable construida sobre una dependencia silenciosa de la IA.
A la vez, no conviene olvidar que toda herramienta tecnológica amplifica lo que ya somos. Un hermano que se toma en serio su trabajo interior puede usar la inteligencia artificial para acceder a mejores lecturas, contrastar ideas, salir de sus prejuicios y fortalecer su pensamiento crítico. En ese caso, la IA se convierte en un catalizador: acelera procesos que ya estaban en marcha, pone a prueba la coherencia de los argumentos, sugiere preguntas incómodas. Pero si el punto de partida es la pereza intelectual o el deseo de impresionar a los demás con poco esfuerzo, la misma herramienta se convierte en un espejo deformante que alimenta la superficialidad y el autoengaño.
El impacto de la inteligencia artificial en la redacción de planchas masónicas, en última instancia, nos devuelve a una pregunta antigua: ¿quién escribe realmente nuestro trabajo? ¿La pluma, el teclado, la máquina… o la conciencia en ejercicio? La IA no siente el símbolo, no atraviesa la experiencia del silencio en logia, no conoce el peso de una palabra pronunciada entre columnas. Puede ordenar, embellecer, incluso simular profundidad, pero no puede vivir por nosotros el proceso iniciático que la plancha pretende reflejar. Esa responsabilidad sigue siendo indelegable.
Tal vez el verdadero desafío consista en usar estas nuevas herramientas sin perder de vista la vieja tarea: pulir la piedra bruta. Si logramos que la inteligencia artificial se convierta en un instrumento al servicio de esa labor —y no en un sustituto—, la redacción de planchas puede entrar en una nueva etapa, más rica y más exigente. Pero si cedemos a la comodidad de dejar que la máquina piense por nosotros, corremos el riesgo de construir un templo aparente, hermoso por fuera, hueco por dentro.